Adelanto: JUMPER de Francisco Miranda

LAS NIÑAS DEL 33

 

Las niñas del 33 se fueron. Pero se fueron, fueron. El papá las mandó pa’ un internado pa’ que no se las tocaran y les fue peor, me va a creer, mijito. Las quería virgencitas pal matrimonio y las perdió nomás. Las niñas eran re lindas, digecitas y agraciás. De lunes a viernes las tenían guardás en una escuela internado de monjas. Claro, ahí las estaban educando pa’ que tuvieran mejor futuro. Allí seguro les cuidaban la mente y los cuerpos de las cochinadas; pero mire usté la mala suerte. Cuando venían los fines de semana yo las notaba un poco paliduchas, pa’ qué le voy a mentir, pero es verdá. Seguro que ni a tomar el sol las dejaban salir las monjitas; pero es que a veces es la única manera de mantener a las niñitas a raya de tanto cabro sinvergüenza que anda por ahí. Si ahora casi ni pasan el primer verano después que echan cuerpo y llegan preñadas de la playa o del paseo al que van. Tienen muy sueltos los calzones las niñas de ahora. Ahí tiene usté, mijito, a las niñas del block del frente. Todas han salido con su domingo siete, apenas dejan el colegio. Incluso, algunas andan con la barriga inflada debajo del jumper. Pero mire nomás la mala pata. Unos sabandijas se metieron a robar en el internado de las monjas. No, si a las niñas no les pasó náh con los malandras. Lo que pasó es que después que robaron algo pasó que se armó un incendio de los mil demonios. Y las niñas estaban encerrá bajo siete llaves, digo yo, porque ninguna pudo salir del dormitorio en que estaban las hijas del vecino del 33. Tanto guardarlas pa’ perderlas así. Ahora ni nietos va a poder tener el pobre viejo. Nietos pa’ regalonear y malcriar. Va a tener que cargar con la pena de haber secado su familia. Así se le fue la sangre. Por querer que sus hijas morenas estuvieran blancas, se le pusieron negras como el carbón. Yo sé que no está bien decirlo, pero se condenó. La maldá lo venía siguiendo. Si no, cómo se puede entender. Ahora va a tener que conformarse. Pero sabe, mijito, yo pienso que no se va a consolar ni a resignar. Este viejo se va a rebelar. Va a despotricar y se va a condenar el alma y la vida. La rabia se le va a poner como el odio y el odio se lo va a comer, nomás. Da una pena. En veces, lo mejor es dejar que la vida siga su suerte, pero es tan cruel. Pobre viejo. Se va a quedar solo en su fuego. La doña del 33 no va a saber qué hacer con la culpa del pobre viejo. Él quiso hacer el camino del bien, pero mire cómo le vino a dar el vuelto la maldá del destino. Algo habrá hecho en sus tiempos mozos que está pagando tan tremendo precio.

 

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