La voz del autor: Porno/Haiku/Graphy por Luigi Lanino

Sobre el poemario:

El haiku japonés es un poema breve conformado por seis moras, unidad que mide el peso silábico, duración de los segmentos fonológicos que componen la silaba. Formando versos de cinco, siete, cinco moras respectivamente. No siempre se trata de una métrica fija, siendo la esencia el cortar mediante la conexión de dos ideas o imágenes por un kireji que en español vendría siendo el término de cortante o separador.

Estos cortísimos textos pretenden figurarse como suerte de emancipación deliberada de ciertos engranajes coercitivos: piel-fluido / miedo-coito. Tan cortos como una serie de orgasmos bajo un ojo panóptico que observa con cautela como nos enfrentamos hoy en los tejidos de la sexualidad. Deseo virtual: híper espejo, un manojo consustancial al que nos hemos aferrado con una fuerza estéril a los modelos reproductivos, quizá, reducidos irremediablemente a una mera simulación.

Dicho esto, la mirada de estos textos se funde en una sola eyaculación, donde la palabra porno no es más ni menos que un regocijo erótico, donde aquel erotismo no es sexista, por lo tanto, no ejerce coerción alguna. Un deambular, un vaivén entre un oriente que en sus génesis rechaza lo erótico como sagrado, sagrado en la contemplación y un occidente que aun sataniza el roce de la dermis; no olvidemos que satanás en el antiguo testamente también era un separador, un kireji que, de alguna u otra forma se podrá encontrar inmiscuido como en los teufelsbucher; una especie de eclipsado cultural luego de las luces del renacimiento; los bulos, escritos breves que en definitiva pueden parecer la apropiación más exacta donde convergen, aquí, en este dispositivo, imagen y palabra. Así entonces, esta suerte deliberada, reapropiación a fin de cuentas, de pervertir, pervertir tal vez en el sentido de Julia Kristeva, estos pequeñísimos tejidos: deseo-experiencia-insinuaciones. Cada paramos en el que se ha contemplado esta cacofonía de roces, convergen al unísono en una alianza corporal como diría Judith Butler, alzándose a paso cabrío, por senderos donde cada kireji inicia la primera de cada una de las piezas musicales donde los errores conceptuales y estéticos danzan, se manosean, se humedecen para dar a luz en completa oscuridad a esas innumerables e irreversibles desviaciones que pululan como un insensato oxímoron en nuestro cotidiano pensar-sentir.

¿Podría revelarse entonces una estética distópica donde sea irrefutable esta simultánea secuencia de paradigmas que atraviesan la cerámica moral y se perciba lo que antes era solo una reprimida pulsión?

 

Sobre la serie fotográfica:

Esta secuencia de imágenes, en su mayoría autorretratos, son exactos kirejis que analógicamente no conviven con los textos pero, en un punto indeterminado se afiatan en algunos conceptos experienciales. Erotismo y lujuria que la mayor de las veces se despliega en un solo cuerpo, el cuerpo frente al silencio y la soledad. Ese enfoque íntimo que en perspectiva fracciona toda carga sexual y los disipa en momentos definitivos, instantes interminables donde ya no hay ni simulación ni espejo, viene a formar el negativo preciso de un lenguaje crucial: la dermis como elemento indispensable, indisoluble del sentir. Por esto mismo no existe exégesis en este negativo, nada se detalla: todo se revela como a los ojos del recién nacido y es allí justamente donde estos dos lenguajes se alimentan.

 

 

 

 

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