«Mapa emocional para la ciudad». Presentación a «Instrucciones para incendiar una ciudad» de Jorge Luis Navarro por Felipe Poblete Rivera.

La aparición de este libro es doble y raramente inicial… Jorge Luis Navarro (1986), inaugura la vida, ojalá larga, de “Ediciones Filacteria”[1], que en su colección llamada “Acromatopsia” incluye a este libro, como también a otro del mismo autor, titulado «Testigo», escrito y publicado en una editorial cartonera cuando el autor tenía veintiuno; aunque tiene otro poemario entre medio, y que a mí me interesa muchísimo y cuyo título, «La anatomía del silencio», revela una sensibilidad allende a la metafísica. Pero en fin, que el asunto del brindis es el lanzamiento de estas: «Instrucciones para incendiar una ciudad», libro que viene a inaugurar ya cabalmente el asunto de la publicación de este poeta chileno. Claro, porque una cosa es escribir un libro y otra muy distinta es publicarlo. Este libro, entonces, que es el tercero viene a ser casi el primero, o más bien el segundo, que fue el primero en segundo lugar… Esto sonaría medio borgiano, de hecho Jorge Luis también es bibliotecario. Así que, amigo, tú nos podrás explicar bien cómo organizar este divertido orden bibliográfico.

Algo con el nombre de la colección: Acromatopsia. De la cual es condescendiente la fotografía de la portada del libro, en escala de grises, o como decimos coloquialmente “en blanco y negro”, aunque no sea así, sino en múltiples grises y plomos. La acromatopsia consiste en eso, que las cosas sean vistan en los colores que van desde el negro al blanco. Y como primera cosa, a contrapelo: es que el libro encuentra un colorido en el azul. Además está el dato del arcoíris, cuyos “colores se muestran en 360º” (p. 103).

Jorge Luis va buscando, va percibiendo e imitando, va conquistando ese color azul. Dice: “No escribo poemas / apenas persigo las manchas / que aparecen en mis ojos / tras mirar un cielo excesivamente / azul” (p. 15). Es una atractiva propuesta: dice no escribir poemas –pero sí que los escribe– sino ir en busca de las manchas en el azul. Buscar el azul, tarea que ya se daba entre los poetas del romanticismo alemán, quienes fabularon la idea de la poesía como una inencontrable “flor azul”. Y en el caso de este poeta y de este libro, ese azul comparece en la extensión del firmamento. Sí, incluso si uno está en Santiago de Chile y mira hacia arriba el día, se ve que el cielo es azul; obviamente hay esmog, el cual solamente se percibe cuando miramos la suma de las distancias en el aire.

A través de los viajes, el autor comprueba que el azul va repitiéndose a través de Chile en infinidad de tonos, tantos que, nos advierte: “no caben en una bandera” (p. 37), y que tampoco caben en el corazón, cabría agregar. De ahí, acaso, pudiera ser identificada una razón o un motivo por salir de este país. De esa forma: las dos epígrafes verdaderamente indican a la sístole y la diástole del corazón de este libro: las palabras de Jorge Teillier, primero, que condensan la mirada más introspectiva y viajera, mientras que las de Luis Alberto Spinetta (tiempos aquellos de “Pescado Rabioso”), son el estallido erótico y destructivo, la diástole, a que ese viaje interno y necesariamente previo ha conducido: la Argentina y otra gama de maravillas que –sé– palpitan en el autor de este libro rabiosamente sincero. En el autor del libro e incluso en el propio Jorge Luis.

La persistencia del cielo azul ¡ah, el cielo azul! Como si mediante él y sus nubes harapientas, todas las ciudades se provocaran y se comunicaran, igualándose acaso. Mirar el cielo: redondez de la bóveda, que no cambia más que en su tono o temple, de país en país y de ciudad en ciudad. Y a través del azul del cielo está la atmósfera diurna, debajo del buen sol, como avisa la portada del libro otra vez, tras las grúas del urbanismo desmedido y salvaje. A plena luz del día ocurren “todos los desastres cotidianos” (p. 105), mientras que la noche instala límites, cito: “la ciudad vecina /apenas es una línea de luces / que se pierde en el océano / a medianoche” (p. 55). Las posibilidades de la representación están dadas mediante las luces en ese caso, aunque en el resto del libro, casi siempre la ciudad es representada como un detenido incendio de cemento, como un sistemático laberinto de calles y aceras: “toda ciudad guarda en sus entrañas / calles” (p. 65) por donde desfilan las veredas, las vitrinas, los vehículos. Tanta be corta que hay, como la inicial de una oculta figura femenina: fuente de ese amor inseguro, confesado en las palabras desconsoladas del autor: “nuestras islas / que no logramos unir” (p. 73), o “nada de eso me bastaba / si ninguna ciudad contenía tu mano” (p. 65). Claro, porque también de sujetos está provista la ciudad: personas, historias, rostros, caricias, despedidas. Desde allí la plegaria: “Ama a tu ciudad como si fuera tu sangre […] ama con rabia a sus habitantes” (p. 105).

Además, en la ciudad solemos tener eso que por cristiana inercia llamamos hogar. Espacio que en este libro también es retratado por nuestro autor: la pareja de poemas que aluden a la comuna metropolitana de San Ramón (pp. 17 y 95), en donde fluyen soterradamente los torrentes del amor familiar, aunque en imágenes más bien tristes, llegando a rozar una belleza inusitada: “salvaguardar trozos / cotidianos / de un domingo cualquiera” (p. 17). (Sé que el autor, amigo y camarada mío, vive en San Ramón). Sobre dicho espacio, su hogar, este libro contiene un abrumador y hondo poema sobre el despertar, el despertarse: que retrata con una materialidad masturbatoria el pathos de todo el poemario. Es una radical entrega la que ofrenda, su corazón puesto al desnudo, aunque, es cierto, tras el cristal de la tercera persona. Una distancia que, en otro poema, es la altura que pudiera dar un mirada satelital: desde aquella perspectiva, la ciudad íntegra se asemeja también a un corazón, es el caso del poema «Avenida Circunvalación Américo Vespucio»(p. 25).

Convive en todo el viaje de esta escritura, también, cierta pureza del enigma: el nombre de alguna calle apenas señalada con una trenza de números (como ocurre en diez u once poemas del libro); eso en vez de un nombre y un apellido: como si fueran las condiciones de la ciudad y no las personas quienes quedan. O bien, un puñado de máscaras que el autor distribuye, acaso como una invitación a los lectores –esos desconocidos– a visitar el lugar referido. Así, aparecen poemas titulados como simples direcciones, como en el libro «Melancolía artificial» de Roberto Merino, aunque en estas «Instrucciones… » la melancolía siempre tiene su emergencia a raíz de la observación, humana y nunca artificial. E incluso el ritmo que está en los textos pareciera que hubieran florecido como lo hacen dedales de oro o amapolas, en el cobijo de una intemperie: “la naturaleza que nos habita” (p. 45), dice el autor.

Así como hay títulos que son lugares totalmente identificables en la ciudad, como el horroroso Costanera center (p. 69), a su vez aparecen la plaza de Maipú (p. 15) o las plazas de armas de Castro (p. 35) y La Serena (p. 37), como también estaciones de buses o metros, que más bien son lugares que sirven de excusa para desplegar un discurso poético, sin ser retrato del espacio indicado en el título ni, afortunadamente, excusa para hablar de esas leseras de los no-lugares o las teorías en moda. En los rasgos grandes, resulta irregular la distribución de los títulos, los hay escritos sólo con mayúsculas, otros combinados con minúsculas, otros que simplemente no están… Tal vez sea una recóndita nota baja del ritmo, que el autor ha ecualizado en varios aspectos en este libro.

La modulación zigzagueante de los textos en el espacio de las páginas, hacia el margen izquierdo y el otro, va entregando al libro una calidez de escritura a mano, al tiempo que formula un ritmo, que primero es visual, claro, pero obviamente tiene incidencia en eso que llamamos comprensión. Al ir los textos ocupando uno y otro lado de la página, tiende a retratar las queridas y manuscritas libretas, llenadas durante viajes en micro o en bus, o metro o subte, o en una plaza cualquiera, una calle, una esquina determinada, sea en la ciudad o afuera de ella, en este país o en otro; palpitando debajo de la mano que escribe: trazando un mapa emocional de la ciudad que habita. “Utiliza tu libreta de notas como atizador / lleva un catastro” (p. 105), dice el autor, como si fuera sociólogo o antropólogo, además de bibliotecario.

En relación a esto, el poema titulado precisamente «LIBRETA DE NOTAS» (en mayúsculas), opera como una temprana declaración de principios, o arte poética, donde el autor nos dice “el poema debiera ser” (p. 41), que es ya un postulado estético, ¿qué cosa ha de ser un poema? El Huidobro de «Altazor», para no ir más lejos, dijo que “un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser”[2]. Y a través del siglo pasado se han dado varias otras propuestas. Nuestro autor propone: “un gato / que por impulso cruza / a media calle / sin mirar / alrededor” (p. 41), con ese ritmo cortado y al mismo tiempo suspensivo. Son comparaciones, por eso el poema continúa con esta estrofa, a mi parecer mucho más vigorosa: “el poema / es la ventana incendiada / los restos de la tragedia / a la que llegamos / demasiado tarde /para presenciar” (p. 41). Y presenciar es, literalmente, ser parte de un presente: estar justo en el aquí y el ahora del acontecimiento.

Otro rasgo que hayamos en el libro es un frío descontento frente a la masa, reconocida como falta de poderío revolucionario: “No veo revoluciones / en las miradas de los pasajeros de este bus” (p. 81), nos dice el autor, casi a la manera de una consigna anarquista o punky. El poema, de irónico título (al igual que el libro), «Revolutionary road» (p. 81), por ejemplo, es donde toca aquel fondo panfletario, un poco a la manera de “La mancha del jaguar”, uno de los temas medulares del mejor trabajo musical de los Fiskales Ad-Hok, aunque en el poema está el giro literario inscrito en el remate: “un libro que se quema / a sí mismo” (p. 81), dice. Es, finalmente, otro registro que no representa un gran porcentaje de la totalidad. De hecho, la palabra “fuego” no figura en el libro (salvo por mi texto de contraportada), aunque sí aparecen las llamas de una fogata (p. 91). Y en ese poema el autor establece con ellas una conversación: “pequeñas ramas le regalas / y él te cuenta historias” (p. 91). El fuego aparece simplemente como posibilidad de calor domesticado, el tronco del árbol, dice el autor: “será refugio en el invierno eterno” (p. 58). Y es que el invierno y el otoño son, sin ninguna duda, las que suceden en el libro. Es más aún, el verano también aparece irónicamente mencionado: “Hay historias que nacen muertas / brotes de un jardín devastado / por las heladas en pleno verano” (p. 29) (las cursivas son mías).

Pero a pesar del invierno y su frío, o tal vez precisamente a causa de ello, en el libro también se deslizan el amor y la sensualidad… ¿Si no es deslizándose cómo sino? Primero una niña, pequeña, que desliza su dedo en el vidrio empañado dibujando un corazón, precisamente en un poema titulado “INVIERNO” (p. 89) (con mayúsculas). Luego, en perfecta luz baja e interiores, con la cálida voz en el oído, como en el ejercicio del amor, al tiempo que la presencia de la música también desenfoca los contornos de esa sensualidad; dice el autor: “Tus gemidos se oían / como segunda voz / de una melodía / que brotaba del cielo” (p. 87). El título indica el espacio: Buenos Aires (y esa clase de títulos sigue el mismo principio que el de las direcciones que decía hace un rato). Al final del poema vuelve a aparecer el flaco Spinetta, cito: “el disco detenido / tu boca abierta / recibiendo / las habladurías de este mundo”. Se trata del noveno y último tema de esa gloria material que es el álbum “Artaud” de Pescado Rabioso.

En el libro, en forma intermitente, palpita o se desangra una historia de incierto amor, como también lo demuestra el poema titulado “OFICINA DE OBJETOS PERDIDOS” (p. 77) (en mayúsculas), en donde la ausencia del cuerpo amado adquiere características tangibles, todo gracias a un fuerte erotismo sentido por el autor, que inicia a través del juego, cito: “Juego con el aro que olvidaste en mi cama / lo miro y reconstruyo tu oreja / luego aparece tu mejilla / y tu rostro entero” (p. 77). Es la aparición de la ausente. Y algo lejanamente familiar se retrata en el poema “El Aguilucho 3104, Providencia” (p. 31), donde el amor coincide con las raíces que levantan las veredas: “formas hermosas y retorcidas” (p. 31), dice el autor.

Así, saliendo del ámbito casero al urbano abierto y público, el autor fija su atención nuevamente en el cielo, donde encuentra las palomas, cuyos vuelos presencia como “tristes” (p. 21) o “contaminados” (p. 23), epítetos que van rimados a las condiciones de la ciudad que nos muestra cuando vamos comenzando la lectura. Más adelante aparece el notable retrato de un colibrí (p. 51), pero es sin duda el poema cuyo verso inicial arranca con: «Si supiera sus nombres» (p. 97) el que propone la síntesis a todo este tema… Nos habla sobre unos pájaros, ciertamente, y al mismo tiempo constituye la más directa bofetada a todos aquellos poetas que nos creímos el cuento, el rollo ese de los pájaros. ¿Qué mierda? Los pájaros volando al sol y punto, como antaño, como antes de nosotros, como antes de que el mismo tiempo fuera nombrado, o como dice el autor al final del poema: “extrañaré su vuelo / heredado por generaciones” (p. 97). Son los únicos pájaros observados en las instancias de viaje afuera de la ciudad. Mal que mal, el libro comienza con el viaje en carretera, con árboles que no esperan “ser refugio de enamorados” (p. 7), las carreteras donde mantiene abiertos los ojos el silencio atravesado de viento y de luz.

Es, tras todo y con todo, también un libro sobre el viaje, no sólo sobre la ciudad; como también de los viajes al interior de la ciudad y lo que pueden llegar a significar políticamente. De hecho, el poema “Paradero 18 Gran Avenida, La Cisterna” (p. 71), habla justamente de eso, y con gran pericia verbal, de un viaje que es tránsito, de un constante ir y venir, del salir y su volver, al que cotidianamente todos nosotros nos entregamos, armando cada uno su trayecto.

La conexión estrecha entre ciudad y viaje es ya un clásico, ¿nos acordamos de Kavafis? Su poema titulado “La ciudad” –que no por nada es el más famoso que tiene– plantea la imposibilidad tanto de la escapatoria como de la idea de empezar de nuevo. Pero la propuesta de «instrucciones para incendiar una ciudad» apunta al polo contrario, tras una futurista modulación de “¡Huye!” (p. 107). Poco antes de eso, la decisión ya ha sido tomada. Síntoma de ello es la repentina adopción del tiempo verbal en pasado, y además en primera persona y cerca del final del libro, lo que inevitablemente le confiere un hondo tono conclusivo: “comprendí que los cuerpos / son lugares de tránsito / también” (p.103).

Al final, «topofobia» y «filotopía», nomenclaturas inventadas por Miguel de Unamuno (1864-1936), encuentran aguda significación en los versos de este libro preclaro y hermoso: un libro que, espero, sea recibido en la lectura atenta con la misma calidez que estos aplausos.

Felipe Eugenio Poblete Rivera
Peñalolén y otoño en 2016

* * *

Notas

[1] Ediciones Filacteria es un proyecto nacido en 2015 por iniciativa de Rodrigo Peralta y Catalina Martínez.

[2] HUIDOBRO, Vicente. Altazor. Editorial Universitaria, Santiago, Chile, 2008 p. 11

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s